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16 agosto , 2026

¿Jesús en la boleta electoral? Valores espirituales, educación y laicismo en la elección presidencial hondureña

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Tegucigalpa. En la contienda presidencial que definirá el futuro de Honduras, la religión ya no es solo una creencia personal: es una trinchera ideológica. Salvador Nasralla, evangélico ferviente; Nasry Asfura, católico devoto; y Rixi Moncada, la única atea confesa entre los aspirantes con chances reales, no solo representan visiones políticas distintas, sino también posiciones irreconciliables sobre el papel de Dios en la vida pública. Detrás de sus credos, se revelan modelos de país divergentes. Y al centro del debate: la educación, los valores, y el temor a repetir la historia reciente de Nicaragua.

Espiritualidad y poder: tres almas políticas

Salvador Nasralla ha hecho de su fe evangélica una marca personal y política. Se rodea de pastores, ha declarado que fue ungido por Dios para guiar a Honduras, y ha prometido gobernar con un “consejo de sabios”, entre los que figurarían líderes religiosos. Su narrativa bebe directamente de la idea de que los valores cristianos deben regir las leyes del Estado: familia tradicional, oposición al aborto, y defensa de la moral bíblica. Su visión espiritual se convierte, así, en plataforma política.

Nasry “Tito” Asfura, en cambio, mantiene una fe católica pública pero menos doctrinaria. Aunque también se opone al aborto y al matrimonio igualitario —incluso firmando acuerdos con sectores evangélicos—, su catolicismo se expresa más en términos de orden, disciplina y respeto por las instituciones, sin el tono mesiánico de Nasralla. Es el defensor de la estabilidad, con un lenguaje de obras y resultados, más que de prédicas.

En el otro extremo, Rixi Moncada representa el rostro laico —y para algunos, secular radical— del oficialismo. Sin vinculación religiosa, y con declaraciones que confirman su desinterés en lo espiritual, ha optado por una narrativa de justicia social, equidad y refundación del Estado desde abajo. Para ella, la educación debe ser pública, crítica y sin doctrinas religiosas. Su modelo no solo excluye la fe del aula: la relega a lo íntimo y desconfía de su presencia en la política.

El campo de batalla: la educación sin Dios

Lo que para Moncada es un principio republicano —laicismo—, para sus opositores es una amenaza existencial. En un país donde más del 90% de la población se declara creyente (católica o evangélica), hablar de una educación que omita toda referencia a Dios suena, para muchos, a herejía política.

Sus detractores señalan que una eventual presidencia suya podría abrir la puerta a un proyecto de “marxismo educativo”: la instalación de un pensamiento único estatal, donde la religión es desplazada, y se promueven ideas progresistas que muchos ven como “ideología de género” o adoctrinamiento secular. No faltan quienes miran con preocupación la posibilidad de que Honduras siga el rumbo autoritario y antirreligioso de Nicaragua.

El espejo roto de Nicaragua

Desde 2018, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua ha protagonizado uno de los episodios más brutales de represión religiosa en América Latina. La Iglesia católica —que fue mediadora en las protestas— se convirtió en objetivo directo del Estado: más de 800 agresiones documentadas, seminarios cerrados, propiedades expropiadas, sacerdotes encarcelados o expulsados del país, y procesiones prohibidas.

Aunque Rixi Moncada no ha promovido ni insinuado un modelo autoritario, las comparaciones no tardan en surgir entre sus críticos: misma retórica de “refundación”, mismo énfasis en un Estado fuerte, misma desconfianza hacia los sectores conservadores. El miedo, para muchos, no es que se instale el comunismo, sino que se desplace la espiritualidad del corazón nacional, como ocurrió al sur del Golfo de Fonseca.

Argentina y Milei: el reverso libertario

En contraste, el presidente argentino Javier Milei ofrece un modelo de derecha liberal que también confronta con sectores de la Iglesia, pero desde un lugar simbólicamente espiritual. Milei ha oscilado entre insultar al  difunto Papa Francisco (“representante del maligno”) y pedirle disculpas, entre declararse católico y jurar sobre la Torá. Pero jamás ha negado el lugar de la religión en la vida pública.

Su caso ilustra que incluso posturas antieclesiásticas pueden coexistir con una cosmovisión espiritual en política. Para Milei, Dios no gobierna, pero tampoco se lo expulsa del lenguaje, del ritual, ni del imaginario colectivo.

¿Hacia qué país va Honduras?

En esa disyuntiva espiritual se juega más que una elección presidencial: se juega el alma cultural del país. Nasralla propone una teocracia light con sabor evangélico. Asfura, un catolicismo pragmático en alianza con iglesias. Moncada, una refundación social sin Dios, con educación crítica y ciudadanía laica.

Los votantes hondureños deberán elegir no solo qué candidato representa mejor su visión económica o política, sino también cuál encarna su fe, su moral o su rechazo a ambas. En este ciclo electoral, Dios no es solo una creencia: es una bandera de campaña. Y también, un campo de batalla.

Por Linda Gutiérrez

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