Washington busca aliados estratégicos y ve en Tegucigalpa una pieza clave en su disputa global con Pekín.
“América debe alinearse con la democracia y el libre mercado”, han repetido asesores de la Casa Blanca. En ese nuevo pulso global, Honduras aparece como pieza estratégica. Una cumbre en Miami, una promesa sobre Taiwán, acuerdos secretos con Pekín y una reunión privada en Florida colocan al país en el centro de la disputa del siglo XXI.
La cumbre que redefine alianzas
Estados Unidos entró en una fase de urgencia para frenar la expansión de China y Rusia en América Latina y el Caribe. El presidente Donald Trump convocó a seis mandatarios latinoamericanos a una cumbre en Miami el próximo 7 de marzo, considerada la primera reunión regional de su segundo mandato. Honduras figura entre los invitados.
Según funcionarios estadounidenses, el objetivo es construir un frente común para contener la creciente influencia china en el hemisferio occidental. La Casa Blanca busca aliados que respalden su estrategia geopolítica en lo que considera la disputa central del siglo XXI: quién dominará el orden global.
Para Tegucigalpa, la invitación no fue casual. El presidente hondureño Nasry Asfura ya se reunió con Trump en Mar-a-Lago a inicios de febrero, un gesto poco habitual para un país centroamericano. “Honduras es un socio estratégico”, habría transmitido el entorno presidencial estadounidense, marcando la relevancia que Washington le otorga en esta nueva etapa. Ahora se reunirá cpn el poderoso Secretario de Estado Marco Rubio quien lleva con mano de hierro la política exterior de Trump.
La nueva contención del siglo XXI
El siglo XX estuvo marcado por la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Hoy, el pulso es entre Washington y una China en ascenso. La estrategia estadounidense retoma la doctrina de “contención” diseñada por George Kennan durante la Guerra Fría.
Desde su regreso al poder, Trump profundizó ese enfoque: impuso aranceles, impulsó una guerra tecnológica y restringió el acceso chino a chips de alta gama. “No podemos permitir que Pekín controle las cadenas estratégicas”, han advertido funcionarios estadounidenses en foros internacionales.
Mientras tanto, China aprovechó décadas de lo que académicos califican como “negligencia benigna” de Washington hacia América Latina. Multiplicó su comercio por diez en dos décadas y se convirtió en socio comercial clave de varias economías regionales. Rusia, por su parte, reforzó su influencia mediática y diplomática en distintos países.
El regreso de la Doctrina Monroe
La actual administración estadounidense articula su estrategia bajo lo que algunos asesores llaman el “corolario Donroe”, una actualización de la Doctrina Monroe de 1823. El mensaje es claro: ninguna potencia extra hemisférica debe consolidar presencia dominante en América.
En la cumbre del 7 de marzo participarán Honduras, Argentina, Bolivia, El Salvador, Paraguay y Ecuador, todos con gobiernos afines a la visión geopolítica de Trump. Informó la Casa Blanca que la prioridad será seguridad hemisférica, comercio estratégico y alineamiento político.
En paralelo, el Pentágono reunió esta semana a jefes militares del continente bajo el liderazgo del general John Caine. Honduras estuvo representada por el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Benjamín Valerio. “La seguridad hemisférica es indivisible”, explicó el alto mando estadounidense al referirse a la influencia de China y Rusia.
El dilema Honduras–China–Taiwán
En este tablero geopolítico, Honduras enfrenta una decisión sensible: su relación con Taiwán y China. El gobierno anterior rompió con Taipéi en 2023 para establecer vínculos con Pekín, una decisión que generó debate interno.
Durante la campaña, Nasry Asfura prometió restablecer relaciones con Taiwán. Sin embargo, ya en el poder, su administración optó por avanzar “paulatinamente”, según explicó la designada presidencial María Antonieta Mejía. La promesa sigue vigente, pero sin plazos definidos.
El contexto es complejo. El gobierno anterior firmó al menos 16 convenios con China, cuyo contenido no ha sido divulgado públicamente. Ese punto genera inquietud en Washington, donde consideran que profundizar el vínculo con Pekín podría consolidar una presencia estratégica en Centroamérica.
Lo que está en juego: recursos, comercio y seguridad
América Latina no es solo un escenario político; es un territorio clave por sus recursos. Según el Comando Sur de Estados Unidos, China obtiene de la región:
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36 % de sus alimentos
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75 % del litio, esencial para autos eléctricos
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Una porción significativa de minerales críticos
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Acceso a reservas petroleras estratégicas
La región concentra además el 60 % del litio global, más del 30 % del agua dulce del planeta y es el mayor productor mundial de soya. “No se trata solo de comercio, sino de seguridad nacional”, advirtió en su momento la general Laura Richardson, exjefa del Comando Sur.
Para Washington, Centroamérica es especialmente sensible por su cercanía territorial, rutas marítimas y peso político en organismos internacionales. Honduras ocupa un punto clave en esa arquitectura.
¿Por qué Honduras importa tanto?
Honduras mantiene una relación estructural con Estados Unidos: comercio, cooperación militar, migración y estabilidad política. Al menos dos millones de hondureños residen en territorio estadounidense, y las remesas representan más del 20 % del PIB nacional, según el Banco Central.
Ese nivel de interdependencia convierte cualquier giro diplomático en una decisión de alto impacto. Analistas del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) han advertido que América Latina se convirtió en eje central de la estrategia global de Pekín, con megaproyectos como el puerto de Chancay en Perú que refuerzan su presencia económica y potencialmente militar.
En ese contexto, Honduras aparece como oportunidad geopolítica para Washington: un país que podría reconsiderar su alineamiento con China y enviar una señal regional de que la influencia estadounidense sigue siendo determinante.
Entre la presión externa y el cálculo interno
La administración Asfura enfrenta un delicado equilibrio. Por un lado, la promesa de campaña de restablecer relaciones con Taiwán sigue viva. Por otro, romper con China implicaría redefinir acuerdos ya firmados y evaluar posibles costos comerciales.
“Las decisiones deben tomarse pensando en el interés nacional”, ha reiterado el entorno presidencial hondureño. El debate no es ideológico, sino estratégico: ¿cómo maximizar beneficios sin comprometer estabilidad económica y política?
Para la clase media hondureña —empresarios, profesionales, emprendedores— el tema no es abstracto. Impacta en exportaciones, inversión extranjera, empleo y acceso a mercados. También en cooperación migratoria y seguridad.
Honduras no es una potencia global, pero en este momento actúa como bisagra regional. Su decisión enviará un mensaje claro a Washington y Pekín. En un mundo donde la geopolítica volvió a ser protagonista, Tegucigalpa dejó de ser espectador y pasó a ocupar un asiento en la mesa donde se discuten las reglas del nuevo orden internacional.




