Con el trigo en máximos de dos años, la industria harinera nacional advierte ajustes inminentes en el precio de la tortilla.
Tegucigalpa. El costo de la tortilla en Honduras, tanto de maíz como de harina, enfrenta una revisión crítica este 16 de marzo. La escalada bélica en el Golfo Pérsico ha disparado el petróleo a $104.25 USD, encareciendo la cocción y el transporte, mientras que la Bolsa de Chicago ha elevado el trigo y el maíz a niveles que hacen insostenible el actual esquema de precios minoristas.
El maíz: la erosión del «7 por 10» y la nixtamalización
A pesar de que el maíz blanco mantiene un precio de garantía nominal de L520.00 por quintal en Honduras, el consumidor final en mercados como el Zonal Belén ya percibe una reducción en su poder adquisitivo. La tortilla de maíz, históricamente vendida a 10 unidades por L10.00, ha comenzado a transaccionarse en un esquema de 7 unidades por L10.00 en las principales zonas urbanas. Este fenómeno no responde únicamente al valor del grano, sino a los costos operativos de la «nixtamalización».
El proceso de transformar el maíz en masa requiere gas LPG y energía eléctrica, ambos vinculados al precio del crudo. Con el Petróleo Brent superando los $100 USD, el costo de la energía para los molinos industriales y el flete para trasladar el grano desde Olancho hacia las tortillerías barriales ha subido un 15% en solo diez días. Además, las harinas de maíz industrializadas enfrentan un alza en el costo de los empaques plásticos (derivados del petróleo), lo que obliga a la industria a trasladar esos centavos extra al consumidor final, rompiendo la barrera de los acuerdos de precios tradicionales.
El trigo: la amenaza directa a la «baleada» nacional
Si el escenario del maíz es complejo, el de la tortilla de «harina» es alarmante. A diferencia del maíz, donde Honduras posee cierta soberanía productiva, el trigo es 100% importado. Al cierre de la semana pasada, el trigo en la Bolsa de Chicago alcanzó los $230 USD por tonelada, impulsado por el temor a que el conflicto en Irán cierre definitivamente las rutas comerciales del Mar Rojo y el Estrecho de Ormuz, por donde transitan los flujos de grano hacia los puertos de molienda.
Para Honduras, esto significa que el saco de harina de 50 libras, base de la baleada, enfrenta una presión de incremento de entre L50 y L70. Las plantas harineras en el Valle de Sula reportan que los buques graneros están pagando «seguros de guerra» adicionales para atracar en el Caribe, lo que añade un costo logístico inevitable. En la calle, esto se traduce en una baleada sencilla que podría pasar de L20.00 a L25.00 en cuestión de días, impactando el desayuno diario de millones de trabajadores hondureños que dependen de este carbohidrato de bajo costo.
Logística de importación: el cuello de botella en Puerto Cortés
El análisis comparativo entre ambos granos muestra una vulnerabilidad logística compartida. Mientras el maíz en Chicago cerró en $4.67 USD por bushel (un alza del 6.1% semanal), el trigo lo hizo con ganancias aún mayores. El problema central para Honduras este lunes es la disponibilidad de contenedores y barcos. El desvío de naves alrededor del Cabo de Buena Esperanza para evitar los drones iraníes ha generado una escasez de espacio de carga hacia Centroamérica.
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Maíz Amarillo: Insumo para concentrados; si sube, sube el pollo y el huevo.
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Maíz Blanco: Consumo humano; impactado por fletes internos y energía.
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Trigo: Dependencia total; impacto directo en panadería y tortillas de harina.
Actualmente, el maíz amarillo importado ya llega a Puerto Cortés con un costo de reposición superior al proyectado en febrero, lo que anticipa una segunda oleada de alzas en las carnes blancas antes de la Semana Santa.
La mesa de los hondureños ya no depende solo de la buena cosecha en los valles nacionales, sino del desenlace de una guerra a miles de kilómetros. La tortilla, ese símbolo de estabilidad económica, se está volviendo más pequeña y más cara. Mientras el petróleo no baje de la marca de los $100 USD, tanto el maíz como el trigo seguirán siendo vehículos de una inflación que no se detiene en las fronteras, obligando a las familias hondureñas a ajustar, una vez más, el presupuesto de su canasta básica.




