Acuerdos, votos cruzados y reformas sensibles rodean la sesión que decidirá quién manda en el Legislativo.
Este 21 de enero, entre reuniones cerradas, llamadas cruzadas y votos contados uno a uno, el Congreso Nacional definirá algo más que un nombre. “Aquí no se trata solo de presidir, sino de gobernar”, repite un diputado. Tomás Zambrano y Jorge Cálix concentran una disputa que marcará el rumbo político inmediato.
Dos candidatos, dos partidos y un Congreso fragmentado
La presidencia del Congreso Nacional se resolverá entre Tomás Zambrano, diputado del Partido Nacional, y Jorge Cálix, del Partido Liberal, luego de que ambas fuerzas oficializaran sus postulaciones a pocas horas de la sesión preparatoria. No se trata de una elección simbólica: quien gane controlará la agenda, los tiempos y las prioridades del Legislativo.
Zambrano fue el primer nombre puesto sobre la mesa. El Partido Nacional, como bancada con mayor número de diputados, apostó temprano por el legislador por Valle, con el argumento de que la presidencia debe reflejar el peso parlamentario. “Tenemos la responsabilidad de garantizar estabilidad”, han repetido dirigentes nacionalistas en las negociaciones internas.
El giro liberal y la consolidación de Jorge Cálix
En el Partido Liberal, el camino fue más complejo. Durante varios días coexistieron tres posibles candidaturas: Yuri Sabas, Marlon Lara y Jorge Cálix. Las deliberaciones internas evidenciaron tensiones, pero también una búsqueda de cohesión ante un escenario legislativo altamente competitivo.
Finalmente, Jorge Cálix emergió como la opción de consenso, al obtener el respaldo de 24 diputados, frente a los 13 de Sabas y los cuatro de Lara. Además, fue electo jefe de bancada liberal, consolidando su liderazgo interno. “El Congreso necesita diálogo, no imposiciones”, dijo Cálix ante sus compañeros, marcando el tono de su propuesta política.
Negociaciones intensas y una agenda en disputa
Las conversaciones entre Partido Nacional y Partido Liberal se intensificaron en los días previos a la instalación del Congreso. Al menos tres reuniones formales se realizaron entre las comisiones negociadoras, enfocadas en gobernabilidad y en la construcción de una agenda legislativa común.
En esas mesas se discutieron temas sensibles que van más allá de la presidencia:
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Reformas a la Ley Electoral
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Cambios a la Ley Orgánica del Congreso Nacional
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Ajustes al sistema de justicia, seguridad y defensa
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Compromisos de transparencia y lucha contra la corrupción
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Mecanismos de control político y rendición de cuentas
“Sin acuerdos claros, el Congreso nace bloqueado”, admitió un negociador liberal, mientras desde el nacionalismo reconocen que “la presidencia sin agenda compartida es un cargo vacío”.
Los números que definen el poder
El nuevo Congreso Nacional estará integrado por 128 diputados, con una distribución que obliga a negociar. El Partido Nacional cuenta con 49 escaños, el Partido Liberal con 41, Libre con 35, además de dos del PINU/SD y uno de la Democracia Cristiana.
Para los liberales, las matemáticas ofrecían dos rutas posibles: un acuerdo con el Partido Nacional o un pacto con Libre. Con Libre, sumarían 76 votos; con los nacionalistas, 90, incluso por encima de la mayoría calificada. Sin embargo, ambas bancadas han reiterado públicamente que no existen acercamientos con Libre.
Del lado nacionalista, el desafío es claro: necesitan al menos 16 votos adicionales para alcanzar los 65 necesarios que aseguren la presidencia. “Todo se define voto a voto”, reconocen en privado legisladores de ambas fuerzas.
Un Congreso que comienza bajo presión
La sesión del 21 de enero marcará el inicio formal del nuevo ciclo legislativo con la elección de la junta directiva provisional, que será presidida por el secretario de Gobernación y Justicia, Tomás Vaquero. Dos días después, el viernes 23, esa junta deberá ser ratificada en propiedad.
La primera legislatura del período 2026–2030 se instalará oficialmente el domingo 25 de enero, pero el tono político quedará definido desde esta semana. “Lo que ocurra ahora condiciona todo el período”, advierten analistas legislativos, conscientes de que la presidencia del Congreso es la llave del poder parlamentario.
Entre discursos de consenso y negociaciones silenciosas, Zambrano y Cálix no solo compiten por un cargo. Se disputan el control de un Congreso fragmentado, la viabilidad de reformas sensibles y la capacidad del sistema político para sostener la gobernabilidad en un contexto cada vez más exigente para Honduras.




