Autoridades destacan una reducción del 28 % al 16 % en la inseguridad alimentaria entre 2021 y 2025.
Tegucigalpa. Honduras rompe una tendencia de años: la inseguridad alimentaria cayó 12 % entre 2022 y 2024, según la Clasificación Integrada por Fases de Seguridad Alimentaria (CIF). “No se trata solo de dar comida, sino de cambiar vidas”, resumió Laura Suazo, ministra de Agricultura, al presentar el informe hace unos días en Tegucigalpa.
Un giro en la lucha contra el hambre
El informe presentado por la CIF, que agrupa agencias de la ONU y el Gobierno hondureño, revela un cambio estructural: la proporción de personas en inseguridad alimentaria aguda bajó del 28 % en 2021 al 16 % en 2025. Los casos en “emergencia alimentaria” se desplomaron de 7 % a 0.62 %.
Según Laura Elena Suazo, ministra de la Secretaría de Agricultura y Ganadería (SAG), este progreso responde a una estrategia basada en tres pilares: fortalecer la producción nacional, responder con rapidez ante emergencias y garantizar alimentos a las familias vulnerables. “Por primera vez, la política agrícola está conectada con la política social”, explicó.
Alimentar la esperanza desde las aulas
Uno de los motores más visibles del cambio ha sido el programa de alimentación escolar, que en 2025 benefició a casi 1.2 millones de niños y niñas en escuelas públicas. El programa asegura una ración diaria de alimentos nutritivos, al tiempo que promueve la compra directa a productores locales.
“Cuando un niño come bien en la escuela, no solo mejora su salud; mejora su aprendizaje y su futuro”, destacó Suazo. El enfoque ha permitido dinamizar las economías rurales y crear circuitos cortos de comercialización que mantienen los recursos dentro de las comunidades.
Un esfuerzo conjunto con resultados tangibles
El director del Programa Mundial de Alimentos (PMA) en Honduras, Paulo Olivera, reconoció el impacto del trabajo articulado: “Honduras es un ejemplo de cómo la cooperación entre gobierno, organismos y comunidades produce resultados medibles”.
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La inseguridad alimentaria se redujo 12 % entre 2022 y 2024.
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Más de 1 millón de personas salieron de las fases críticas.
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500 extensionistas agrícolas acompañan a familias productoras en todo el país.
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El programa escolar favorece a 1.2 millones de niños con alimentos locales.
“El progreso logrado demuestra que invertir en alimentación, educación y producción local no solo combate el hambre, sino que impulsa el desarrollo sostenible”, añadió Olivera.
El campo como escudo social
La SAG, junto a cooperantes internacionales, ha reforzado programas de producción de granos básicos, asistencia técnica y almacenamiento. En 2025, más de 500 extensionistas agrícolas acompañaron a productores en todos los departamentos, fortaleciendo las capacidades locales y fomentando la autosuficiencia alimentaria.
“Los agricultores ya no esperan ayuda, ahora producen su propio sustento y venden el excedente”, explicó Suazo. En departamentos como Olancho, Lempira y Yoro, las comunidades muestran indicadores positivos: más acceso a mercados, menos pérdidas poscosecha y un uso más eficiente del agua.
Hambre y pobreza: una relación persistente
Aunque el avance es innegable, la pobreza continúa siendo el mayor obstáculo. Según datos del Banco Central de Honduras (BCH), más del 50 % de la población sigue en condición de pobreza, lo que limita la estabilidad de los logros alcanzados.
“Mientras no generemos ingresos sostenibles, el riesgo de volver atrás siempre estará presente”, advirtió Suazo. Por eso, los nuevos planes del Gobierno incluyen proyectos de empleo rural, financiamiento verde y cadenas productivas sostenibles para consolidar el progreso.
Comunidades que resisten y se transforman
El esfuerzo también ha sido local. Alcaldías, iglesias y organizaciones comunitarias han contribuido a ampliar los programas de asistencia y reconstrucción. Las redes de mujeres rurales se han convertido en piezas clave para distribuir alimentos, promover huertos familiares y capacitar en nutrición.
“Antes teníamos que elegir entre comer o mandar a los niños a la escuela. Hoy, gracias al programa, podemos hacer ambas cosas”, relató María Méndez, madre campesina del sur del país. Historias como la suya representan un cambio silencioso pero profundo en la vida rural hondureña.
Un país que aprende a producir lo que consume
El aumento de la producción local y el impulso a la agricultura familiar también explican la mejora en los indicadores. La SAG informó que en 2024 el país aumentó en 15 % la producción de maíz y frijol, garantizando reservas estratégicas y reduciendo la dependencia de importaciones.
El modelo apunta a un ciclo virtuoso: más producción, más ingresos y más alimentos locales en las mesas. El objetivo, explicó Suazo, es “asegurar alimentos suficientes y nutritivos para todos, mientras fortalecemos la resiliencia rural”.
Hacia una seguridad alimentaria sostenible
El reto ahora es mantener los resultados en el tiempo. La CIF advierte que el cambio climático, la inflación y los costos del transporte pueden presionar nuevamente los precios de los alimentos. En respuesta, el Gobierno hondureño prevé aumentar la inversión en resiliencia climática y sistemas de alerta temprana.
“Honduras avanza hacia un modelo más inclusivo y sostenible. Pero este avance solo será permanente si logramos que la seguridad alimentaria dependa menos de la ayuda y más de la producción nacional”, concluyó Suazo.




