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1 octubre , 2026

Maduro se viste de santo: usa la fe y a los pastores para ocultar narcoterrorismo y represión

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El régimen mezcla religión y poder para desviar la atención mientras crecen las acusaciones internacionales.

Tegucigalpa. En medio de la tensión militar y diplomática con Estados Unidos, Nicolás Maduro decidió transformar al Palacio de Miraflores en un escenario religioso. El 18 de noviembre de 2025, proclamó a Jesucristo como “señor y dueño” de Venezuela frente a pastores evangélicos, la primera dama Cilia Flores y su hijo Nicolás Maduro Guerra. El acto, presentado como un gesto de devoción, coincidió con el avance de EE. UU. para declarar al Cártel de los Soles —que Washington vincula directamente con Maduro— como organización terrorista extranjera.

Este súbito fervor religioso no ocurre en un vacío. Es parte de un guion político calculado para revestir al régimen de un aura moral frente a acusaciones que incluyen narcoterrorismo, corrupción estatal, violaciones sistemáticas de derechos humanos y el éxodo de casi ocho millones de venezolanos.

Un manifiesto religioso en plena crisis

Maduro leyó públicamente un manifiesto en el que “reconoce al único Dios real y verdadero”, un mensaje que busca mostrarse conciliador y espiritual mientras su gobierno enfrenta una de las mayores presiones internacionales de la última década. La intención es clara: presentarse como un líder providencial que protege a Venezuela bajo la guía divina, justo cuando Washington lo acusa de encabezar una estructura criminal incrustada en el Estado.

La designación formal contra el Cártel de los Soles describe una red que habría corrompido al ejército, los servicios de inteligencia, el poder legislativo y el judicial. A ello se suman señalamientos de apoyo a grupos criminales regionales, conspiraciones de narcotráfico y la utilización de instituciones públicas para facilitar operaciones ilícitas.

El contraste entre la fe declarada y la represión cotidiana

El discurso piadoso choca con la realidad venezolana. Organizaciones internacionales han documentado asesinatos, ejecuciones extrajudiciales, censura mediática y hostigamiento a la disidencia. La crisis migratoria supera cualquier antecedente reciente en América Latina, con millones de venezolanos que han abandonado el país como consecuencia del colapso económico y político.

El uso político de la fe aparece entonces como una herramienta más del régimen: una cortina espiritual para ocultar la brutalidad estructural que caracteriza a su aparato de poder.

Cuando la religión es táctica, no convicción

El viraje religioso de Maduro contrasta marcadamente con la línea pública de otros líderes aliados o cercanos ideológicamente:

  • Xiomara Castro, en Honduras, mantiene un discurso abiertamente laico y evita incorporar a la Iglesia en la narrativa oficial del gobierno.

  • Daniel Ortega, en Nicaragua, ha perseguido y expulsado a decenas de sacerdotes y religiosas, y mantiene un enfrentamiento directo con la Iglesia Católica.

  • Miguel Díaz-Canel, en Cuba, ha sostenido la tradición comunista de un Estado abiertamente ateo.

  • Gustavo Petro, en Colombia, reivindica un enfoque laico del Estado y evita la apelación religiosa como herramienta política.

Frente a ellos, Maduro elige exactamente el camino contrario: abrazar públicamente un discurso religioso que no forma parte de su trayectoria, pero que sirve para recomponer imagen en sectores creyentes, dividir a la oposición y proyectar una legitimidad moral en medio del escándalo internacional.

¿Último recurso o estrategia de larga duración?

El uso de símbolos religiosos por parte de regímenes autoritarios es un patrón conocido: cuando el descrédito crece, la fe se convierte en un instrumento útil para suavizar la imagen del poder, buscar protección simbólica y construir una narrativa que maquille crisis profundas.

Maduro no solo proclama fe: la instrumentaliza. Mientras se presenta como un líder espiritual, su gobierno continúa bajo acusaciones de crímenes de lesa humanidad, persecución política y vínculos con redes criminales internacionales. La contradicción es evidente: se invoca a Dios mientras se sostiene una maquinaria represiva y un esquema de narcotráfico señalado directamente por múltiples gobiernos.

En Venezuela, el altar improvisado en Miraflores no es un acto de fe: es un acto de supervivencia política. Y la Igesia cae en la trampa.

Por Linda Gutiérrez

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