Incrementos sin control, brechas injustificadas y falta de meritocracia elevan presión fiscal y reducen capacidad de inversión pública estratégica.
En Honduras, el desorden salarial dejó de ser una anomalía para convertirse en regla. Mientras un conserje o conductor puede superar los L.50 mil mensuales, profesionales con maestría en otras instituciones apenas alcanzan ese nivel. El fenómeno no es aislado: ocurre en múltiples entidades y ya impacta directamente en el gasto público, en un contexto donde el presupuesto 2026 crecerá en L.14 mil millones frente a 2025.
La advertencia no es menor. La Organización Internacional del Trabajo sostiene que una política salarial coherente es clave para el orden fiscal y el desempeño macroeconómico. Honduras, sin embargo, parece moverse en dirección contraria.
ENEE y las distorsiones que se replican en el Estado
Uno de los casos más visibles es la Empresa Nacional de Energía Eléctrica (ENEE), una institución financieramente frágil que mantiene estructuras salariales elevadas. Datos de portales de transparencia muestran directores con ingresos superiores a L.120 mil mensuales, incluso en medio de pérdidas operativas.
El patrón se repite en otras dependencias. No se trata de excepciones, sino de un diseño institucional fragmentado, donde cada entidad define su política salarial sin criterios homogéneos.
Este esquema genera un doble impacto: por un lado, erosiona la equidad interna; por otro, eleva el costo estructural del Estado. “Sin una ley uniforme de salarios, las distorsiones seguirán profundizándose”, advierte Liliana Castillo, expresidenta del Colegio Hondureño de Economistas.
Entre élites salariales y brechas injustificables
El sistema ha derivado en la formación de “élites salariales” dentro del sector público. Instituciones como el Banco Central de Honduras, Banco Hondureño para la Producción y la Vivienda y la Comisión Nacional de Bancos y Seguros concentran algunos de los salarios más altos del aparato estatal.
En paralelo, otros sectores de la administración pública operan con ingresos considerablemente más bajos, aun cuando las funciones y niveles de formación son comparables.
Las principales distorsiones identificadas incluyen:
- Salarios de hasta L.340 mil mensuales en una veintena de cargos públicos
- Brechas entre instituciones por funciones similares
- Bonificaciones discrecionales sin criterios técnicos claros
- Escalas salariales fragmentadas sin regulación central
- Diferencias basadas en factores políticos más que profesionales
Estas desigualdades no solo afectan la moral interna del Estado, sino también la eficiencia del gasto público.
Crecimiento de la planilla y presión sobre el gasto
El impacto fiscal es evidente. Entre 2021 y 2025, la masa salarial del Estado creció un 44 %, alcanzando cerca de L.110 mil millones, según datos de la Secretaría de Finanzas citados por Proceso Digital.
Para Henry Rodríguez, economista de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), el problema no es solo el nivel salarial, sino el modelo de contratación. “La Ley de Servicio Civil es obsoleta y no cubre los cargos de confianza, lo que permite nombramientos sin criterios técnicos”, explica.
Este crecimiento responde a dos factores principales:
- Incrementos salariales en instituciones descentralizadas
- Expansión del aparato estatal sin controles uniformes
El resultado es un Estado más costoso, pero no necesariamente más eficiente.
La masa salarial como límite al desarrollo
El economista Julio Raudales advierte que la masa salarial se ha convertido en un “tormento” para la economía hondureña. A su juicio, el problema no es únicamente distributivo, sino estructural.
Cada lempira destinado a salarios excesivos es un recurso que deja de invertirse en infraestructura, salud, educación o tecnología. En un país con brechas sociales significativas, esta asignación del gasto adquiere relevancia crítica.
Además, la creación de nuevas instituciones en la última década ha ampliado el problema. Más estructuras implican más cargos, más salarios y mayor presión fiscal.
Reformas parciales sin impacto estructural
Aunque la administración actual ha planteado reducir el tamaño del Estado mediante fusiones y cierres institucionales, los expertos coinciden en que estas medidas son insuficientes.
El problema central —la ausencia de una política salarial unificada— sigue intacto. Sin una normativa clara, el ciclo se repite: despidos seguidos de nuevas contrataciones, muchas veces bajo criterios políticos.
Rodríguez insiste en que la solución pasa por una reforma integral basada en meritocracia, perfiles definidos y escalas salariales transparentes.
Servicio Civil: la deuda estructural del Estado
La falta de modernización del sistema de Servicio Civil es uno de los principales vacíos institucionales. La rotación constante de personal técnico, especialmente con cada cambio de gobierno, genera ineficiencias y retrasa la ejecución de políticas públicas.
Castillo lo resume con claridad: “No se puede hablar de eficiencia del gasto si no hay coherencia en la política salarial”.
A nivel regional, países como Costa Rica y Chile han avanzado en sistemas escalafonados con criterios técnicos, lo que ha permitido mayor estabilidad institucional y control del gasto en remuneraciones.
Un problema fiscal con implicaciones macroeconómicas
El desorden salarial no es solo un tema administrativo. Tiene implicaciones directas en la sostenibilidad fiscal, la inversión pública y la estabilidad macroeconómica.
La Organización Internacional del Trabajo advierte que políticas salariales coherentes contribuyen a una mejor distribución del ingreso, fortalecen la demanda interna y reducen la pobreza laboral. En Honduras, ese equilibrio permanece roto.
Mientras el presupuesto crece y la planilla se expande, el Estado enfrenta una tensión cada vez mayor entre gasto corriente y capacidad de inversión. En ese punto, la discusión deja de ser técnica y se convierte en estratégica: cuánto puede seguir creciendo el costo del Estado sin comprometer el desarrollo.




