Tegucigalpa. El turismo hondureño registró 2.8 millones de visitantes en 2024 (+17.8%), pero la dependencia de cruceros (65% del total) y la ausencia de políticas públicas sostenibles convierten este «éxito» en un castillo de arena listo para derrumbarse ante la menor crisis internacional.
Crecimiento con pies de barro
El sector turístico aporta el 8% del PIB, pero su modelo es insostenible: en diciembre se concentra el 30% de los ingresos anuales, dejando al resto del año en asfixia estacional. La Ley de Fomento al Turismo (2017) ofrece exoneraciones fiscales por 15 años, pero no hay estrategia para descentralizar la infraestructura. Tegucigalpa y San Pedro Sula concentran el 70% de agencias de viajes, mientras 160 municipios carecen de servicios básicos. Comparado con Costa Rica, donde el ecoturismo genera empleo estable todo el año, Honduras desperdicia su potencial en biodiversidad. La red vial rural tiene un déficit del 40% versus el 15% en Panamá, aislando zonas como La Mosquitia, pese a su atractivo ecoturístico.
Desbalance territorial y oportunidades perdidas
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Roatán acapara 31 de 42 centros de buceo, pero solo el 20% de las ganancias llega a comunidades locales.
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Solo 138 municipios (de 298) tienen establecimientos turísticos registrados, evidenciando una brecha abismal entre zonas costeras y el interior rural .
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Proyectos de cooperación (España-Colombia) para turismo cafetalero se limitan a talleres técnicos, sin impacto en cadenas de valor. Mientras, Costa Rica capta US$1,900 millones anuales en agro-turismo mediante alianzas público-privadas.
Falta de liderazgo y riesgos futuros
El Instituto Hondureño de Turismo no ha presentado un plan contra la estacionalidad, dejando a artesanos y restaurantes en crisis 9 meses al año. La cooperación internacional con JICA (Japón) para infraestructura avanza lentamente, sin metas claras. Honduras recibió solo 11% de la inversión extranjera en Centroamérica en 2025 (US$993.9 millones), frente al 48% de Costa Rica, reflejando desconfianza en la gobernanza turística.
Un barco a la deriva
El turismo es un velero sin timonel: vientos favorables (incentivos) pero sin rumbo (gobernanza). Sin seguridad jurídica, diversificación territorial y liderazgo estatal, este «motor» solo dejará espuma en la costa
